domingo, 15 de abril de 2012

Las personas invisibles

Un nuevo y bello texto de Sergio Sinay, un imprescindible:


Las personas no pueden esperar

Algo en común une a los corruptos de cualquier tipo (funcionarios, mandatarios, jueces, legisladores, empresarios, comunicadores, etcétera), con torturadores, con violadores y abusadores, con quienes asesinan para robar, con golpeadores y con psicópatas de todas las categorías. Todos ellos parten de despersonalizar a las personas, valga el juego de palabras. Parten de cosificarlas. Es decir, de quitarles entidad, de reducirlas a una mera condición de objetos, de instrumentos. El corrupto (ocupe el cargo que ocupe, sea el más alto mandatario o el más oscuro burócrata) no cree que su acción dañe a personas, no cree que su rapiña termine en tragedias ferroviarias, en hambrunas, en hospitales empobrecidos donde la gente no va a curarse sino a morir, en miles de horas perdidas por personas que necesitan viajar o trabajar, en vaciamiento de las palabras y oscurecimiento de la realidad, en escuelas sin educación ni educadores, en rutas sin mantenimiento que son trampas mortales, en edificios que caen, en servicios que no se cumplen, en víctimas que no reciben ni una gota de justicia. No cree que lo que toma es de todos y que, por lo tanto, roba a todos. No lo cree porque no ve personas, ve objetos. Objetos de su codicia, de su inmoralidad. Vive entre objetos (también lo son sus amigos, pareja, hijos, todo lo que respira a su alrededor).
Tampoco el torturador ve personas, ve objetos de su resentimiento, de su complejo de inferioridad, de su odio tóxico. El violador y el abusador no ven una mujer o un niño sino un objeto de su deseo, de su urgencia elemental, de su impotencia. El que mata para robar no ve personas, ellas son objetos que obstaculizan su camino hacia lo que él quiere poseer. El que golpea descarga su furia sobre un objeto que no funciona como él desea, ese objeto tanto puede ser un televisor como una persona (su pareja, su hijo), pero a esta él no la verá como tal.

Si vivimos en una epidemia de corrupción, violencia, maltrato, depredación sanitaria y educacional, anomia, inoperancia judicial, violencia doméstica y callejera, crímenes e inseguridad, quizás sea oportuno preguntarnos si no se habrá naturalizado dramáticamente en nuestra sociedad esta idea de que el otro no es una persona (un prójimo, un semejante, palabras en desuso si las hay), alguien con quien puedo tener muchas y grandes diferencias pero a quien me une una similitud esencial: somos seres de la misma especie, una especie cuyos individuos empiezan a perder identidad y a correr peligro de extinción cuando se desconocen, se desvinculan y se cosifican mutuamente. Quizá estemos más impregnados de lo que creemos, percibimos y admitimos de esta creencia según la cual el otro me sirve o me estorba. Si me sirve lo uso, si me estorba me deshago de él. No es una persona.

Por muy extendida que esté esa noción (cada quien tendrá que hacerse cargo de su propio estatus respecto de ella), las responsabilidades colectivas no existen, porque en ellas se esfuma la responsabilidad individual. Se puede explicar (o intentar hacerlo) el origen de la conducta de corruptos, golpeadores, asesinos, violadores, torturadores, pero sus víctimas están allí, todo el tiempo, en todas partes. El daño está hecho y se sigue haciendo. La responsabilidad de cada victimario es intransferible, sin atenuantes. Y una interminable fila de personas (personas, seres humanos, no cosas, no objetos) espera justicia, reparación. Esperan ser respetadas en su condición. Mientras tanto, es prioritario en el día a día, en los escenarios de nuestra cotidianidad, reconocernos y tratarnos como personas para no alimentar el caldo de cultivo en el cual corruptos y psicópatas se reproducen.

  

lunes, 6 de febrero de 2012

Thomas Merton, como siempre.

“Esta es la tierra en la que Tú me has permitido
hundir mis raíces en la eternidad.
Esta es la ardiente tierra prometida, la casa de Dios, la puerta del cielo,
el lugar de la paz, el lugar del silencio,
el lugar del combate con el ángel".

Thomas Merton



Debo el conocimiento de Thomas Merton a mi amigo Miguel Grinberg (Yeah!, viejo mutante...).
Fue un acto fatal.
Siento que hubiera ocurrido de cualquier modo, más tarde o más temprano.
Pero fue a través de Miguel que un ramalazo de luz me conmovió, de una vez y para siempre.
Que me entregué a los textos de alguien que, desde la solitaria reclusión de una ermita en Kentucky, parecía recorrer el universo.
("Motor inmóvil", recuerdo la expresión de Marechal, "motor inmóvil".... ¡salud, viejo Aristóteles!)

 Merton fue poeta, metafísico, monje trapense, cronopio.
Fue uno de los primeros pacifistas y antiracista. En tiempos en que esto era impensado, acercó las disciplinas espirituales de Oriente al catolicismo y a Occidente.
Vivía en su autoexilio trapense, cocinando avena sobre su lámpara de querosén, mientras en el cielo zumbaban los bombarderos preñados de muerte atómica volando de vuelta a su base aérea.
Y escuchaba la lluvia, como si fuera la primera -y la última- vez.
Murió -casi como una broma ridícula, casi como una última gracia de despedida- electrocutado por un cable pelado durante un viaje por Thailandia.

Dejó algunos de los más maravillosos textos de este planeta.
Algunos, todavía después de decenas de veces de hacerlo, no puedo leerlos sin llorar.
Búsquenlo por ahí, vale la pena.

Acá les dejo uno, flamante con sus más de cincuenta años de haber sido escrito, que Miguel Grinberg eligió para estrenar Mutantia.
Medio siglo, ayer nomás, vigente como siempre.



Verdad y violencia 

Vivimos en crisis, y tal vez nos parezca interesante hacerlo. 
Además, también nos sentimos culpables por ello, como si no tuviéramos que estar en crisis. Como si fuéramos tan sabios, tan capaces, tan bondadosos, tan razonables, que la crisis debiera ser en todo momento impensable. Es sin duda este "debiera", este "tuviera", lo que hace a nuestra era tan interesante que de ningún modo puede ser una época de sabiduría, ni siquiera de razón. Creemos saber lo que debiéramos estar haciendo, y nos vemos mover, con la inexorable premeditación de una máquina descompuesta, haciendo lo opuesto.
 
¡Un fenómeno tan absorbente que no podemos dejar de observar, medir, discutir, analizar, y quizás deplorar! Pero la cosa continúa. Y, como dijo Cristo sobre Jerusalén, no conocemos las cosas que hacen a nuestra paz. Estamos viviendo en la mayor revolución de la historia, un enorme cataclismo espontáneo de la especie humana íntegra: no la revolución planificada y llevada a cabo por algún partido, raza o nación particular, sino un profundo y elemental hervor desbordante de todas las contradicciones internas que siempre habitaron al hombre, una revelación de las fuerzas caóticas dentro de cada cual. No es algo que hayamos elegido, ni es algo que podamos eludir.


Esta revolución es una profunda crisis espiritual del mundo entero, manifestada vastamente con desesperación, cinismo, violencia, conflicto, auto-contradicción, ambivalencia, temor y esperanza, duda y creencia, creación y destructividad, progreso y regresión, apego obsesivo a imágenes, ídolos, slogans, programas que embotan la angustia general sólo por un momento hasta que estalla por doquier de un modo más agudo y terrorífico.
¡No sabemos si estamos construyendo un mundo fabulosamente maravilloso o destruyendo todo lo que teníamos, todo lo que habíamos logrado!. Toda la fuerza interna del hombre está hirviendo y estallando, lo bueno junto con lo malo, lo bueno emponzoñado por lo malo y combatiéndolo, lo malo simulando ser bueno y manifestándose con los crímenes más espantosos, justificados y racionalizados mediante las intenciones más puras e inocentes. El hombre está preparado para convertirse en un dios, y en cambio a veces luce como un zombie. Y así tememos reconocer nuestro kairos [*] y aceptarlo.

Esta época manifiesta en nosotros una distorsión básica, una arraigada falta de armonía moral contra la cual leyes, sermones, filosofías, autoridad, inspiración, creatividad y hasta aparentemente el mismo amor parecerían no tener poder alguno. Por el contrario, si en su desesperada esperanza, el hombre se vuelve a todas estas cosas, ellas parecen dejarlo más vacío, más frustrado, más angustiado que antes. Nuestra enfermedad es la enfermedad del amor desordenado, del amor propio que simultáneamente se da cuenta que es odio propio e instantáneamente se vuelve fuente de destructividad indiscriminada, universal.
Es la otra cara de la moneda que era corriente en el siglo XIX: la creencia en el progreso indefinido, en la suprema bondad del hombre y de todos sus apetitos. Lo que en Norteamérica se toma por optimismo, aún optimismo cristiano, es la indefectible esperanza de que las actitudes de los siglos XVIII y XIX pueden seguir siendo válidas sólo mediante la decisión de sonreír, aún cuando el mundo entero se esté cayendo a pedazos. Nuestras sonrisas son los síntomas de la enfermedad.


Estamos viviendo bajo una tiranía de la falsedad que se afirma en el poder y establece un control más total sobre los hombres a medida que estos se autoconvencen de que están resistiendo el error. Nuestra sumisión a las mentiras plausibles y pragmáticas nos enreda en más grandes y obvias contradicciones, y para ocultárnoslas a nosotros mismos necesitamos más grandes y siempre menos plausibles mentiras.

La falsedad básica está constituida por la mentira de que estamos completamente dedicados a la verdad, y de que podemos estar dedicados a la verdad de un modo que es al mismo tiempo honesto y exclusivo: que tenemos el monopolio absoluto de la verdad absoluta, así como nuestro adversario ocasional tiene el monopolio absoluto del error. Luego nos autoconvencemos de no podremos preservar nuestra pureza de visión ni nuestra sinceridad interior si entramos en diálogos con el enemigo, pues él nos corromperá con su error.

Finalmente, creemos que no puede preservarse la verdad a menos que destruyamos al enemigo -porque, como lo hemos identificado con el error, destruirlo es destruir el error. El adversario, por supuesto, tiene sobre nosotros exactamente la misma política básica por la cual defiende la "verdad". Él nos ha identificado con la deshonestidad, la insinceridad y la falsedad. Piensa que si nosotros somos destruidos, no quedará en pie otra cosa que la verdad.
Si persiguiéramos realmente la verdad, comenzaríamos lenta y trabajosamente a despojarnos, una por una, de todas nuestras envolturas de ficción y engaño: o al menos deberíamos desear hacerlo, pues las meras ganas no nos capacitan para lograrlo. Por el contrario, el que mejor puede señalar nuestro error y ayudarnos a verlo es el adversario que queremos destruir. Y esta es quizás la razón por la cual queremos destruirlo. Del mismo modo, nosotros podemos ayudarlo a ver su error, y esa es la razón por la que él busca destruirnos. (...)


La crisis del actual momento histórico es la crisis de la civilización occidental: más precisamente de la civilización europea, la civilización que fue fundada sobre la cultura grecorromana del Mediterráneo, y vigorizada por la gradual incorporación de los invasores bárbaros dentro de la cultura religiosa judeo-romano-cristiana del decaído Imperio Romano. Yo nací dentro de esta crisis. Mi vida entera ha sido modelada por esta crisis. ¡En esta crisis se consumirá mi vida, aunque, espero, no sin sentido! (...)

He aquí un aserto de Mahatma Gandhi que sintetiza clara y concisamente toda la doctrina de la no violencia: "El camino de la paz es el camino de la verdad". "La veracidad es aún más importante que la paz. Por cierto que la mentira es la madre de la violencia. Un hombre veraz no puede permanecer por mucho tiempo siendo violento. En el curso de su búsqueda él percibirá que no necesita ser violento, y descubrirá además que, mientras exista en él la menor traza de violencia, fracasará en hallar la verdad que está buscando".

¿Por qué no creemos esto inmediatamente? ¿Por qué lo ponemos en duda? ¿Por qué parece imposible? Simplemente porque todos somos, de algún modo, mentirosos. La madre de todas las demás mentiras es la mentira que persistimos en decirnos a nosotros mismos, acerca de nosotros mismos. Y ya que no nos mentimos en forma suficientemente descarada como para creernos nuestras propias mentiras individualmente, unificamos todas nuestras mentiras y las creemos porque se han convertido en la gran mentira proferida por la vox populi, y este tipo de mentira la aceptamos como la última verdad. "Un hombre veraz no puede permanecer por mucho tiempo siendo violento". Pero un hombre violento no puede iniciar la búsqueda de la verdad.


De entrada nomás, él quiere haberse asegurado de que su enemigo es violento y de que él mismo es pacífico. Ya que entonces su violencia está justificada. ¿Cómo puede enfrentar la desconsoladora tarea de entrar a reconocer el gran mal que hay dentro suyo y que necesita ser curado? Es mucho más fácil enmendar las cosas viendo el mal de uno encarnado en un chivo emisario, y destruir el chivo y mal juntos. Gandhi no quiere decir que debamos aguardar volvernos no violentos por el deseo de serlo. Sino que todo aquel que se percata oscuramente de su necesidad de verdad debería buscarla por medio de la no violencia, puesto que realmente no existe otro medio.

Podrán no tener un éxito total. Sus éxitos podrán ser en realidad muy escasos. Pero por una pequeña cantidad de buena voluntad comenzarán a acceder a la verdad, y por medio de ellos habrá al menos una pequeña verdad en la oscuridad de un mundo violento. Esta idea de Gandhi no puede ser, sin embargo, entendida si no recordamos su optimismo básico respecto de la naturaleza humana.

Él creía que en las ocultas profundidades de nuestro ser, profundidades que se hallan demasiado a menudo aisladas de nuestro modo consciente e inmoral de vida, somos más verdaderamente no violentos que violentos. Él creía que para nosotros el amor es más natural que el odio. Que "la Verdad es la ley de nuestro ser". Si esto no fuese así, entonces "mentir" no sería la "madre de la violencia".


La mentira introduce violencia y desorden en nuestra propia naturaleza. Nos divide contra nosotros mismos, nos aliena de nosotros mismos, nos hace enemigos de nosotros mismos y de la verdad que está en nosotros. De esta división es que surge el odio y la violencia. Odiamos a los demás porque no podemos soportar el desorden, la intolerable división que hay en nosotros. Somos violentos con los demás porque ya estamos divididos por la violencia interior de nuestra infidelidad a nuestra propia verdad. El odio proyecta esta división fuera nuestro, en la sociedad. (...)

                                                                Thomas Merton, monje del Cister.

[*] Tenemos una sola palabra para el "tiempo". Los griegos tenían dos: chronos y kairos. Chronos es el tiempo del reloj, el tiempo que se mide. Kairos no es el tiempo cuantitativo sino el tiempo cualitativo de la ocasión. Todos experimentamos en nuestras vidas la sensación de que llegó el momento adecuado para hacer algo, que estamos maduros, que podemos tomar una decisión determinada.

                                                                                  

jueves, 6 de octubre de 2011

Paradigmas educativos

Dos videos:

Algunos conceptos de Ken Robinson, sobre el actual paradigma educativo, en formato de animación.


"Nacidos para aprender" (Born to Learn) es el primero de una serie de videos sobre aprendizaje disponibles en Youtube, lamentablemente por ahora sólo éste ha sido doblado al español. Recomendable.


Y una charla de Ken, sobre cómo la "máquina de educar" mata la creatividad en los niños. Prácticamente un "lavado de cerebro" masivo cometido frente a nuestras narices y con la anuencia de casi toda la sociedad maniipulada: así comienza el drama, y así continúa...



lunes, 2 de mayo de 2011

Cómo los niños pararon un ecocidio

Hace unos días estuve presente en el 1º Congreso Latinoamericano de Salud Socioambiental.

El principal tema que cruzó todo el congreso fue las trágicas consecuencias del uso de químicos nocivos para fumigación.
Mi país es hoy un gigantesco laboratorio genético a cielo abierto, impulsado por la tecnoagricultura de producción de cultivos transgénicos.
Mucho poder, mucho dinero.

Las sustancias con las cuales se los fumiga -tal y como se probó en las ponencias del Congreso- provocan malformaciones en fetos, alteraciones a nivel sistema nervioso, cánceres y leucemias en infantes y adultos.
Finalmente, dañan y envenenan la vida en general, y la Tierra, el aire y el agua.

Los compuestos de control agroquímicos son hijos del mismo desarrollo que creó los "gases nerviosos" como armas químicas en las dos Guerras Mundiales y el "Agente Naranja" con el cual los norteamericanos fumigaban Vietnam; es decir: tecnología desarrollada en origen para uso bélico.

No me extenderé más sobre este tema: pueden encontrar mucha y buena información en sitios honestos de internet. La lucha por liberar a la gente inocente y al planeta de ese envenenamiento progresivo y forzado se está dando en muchos lugares a la vez, por diferentes causas.

En los intensos días que pasé en el Congreso, conocí a algunas personas admirables.
Una de ellas es un brillante y entrañable médico ecuatoriano, el Dr. Adolfo Maldonado.
Ecuador es hoy por hoy un país libre de cultivos transgénicos -y de sus correspondientes kits de agrotóxicos fumigables- por una cláusula que se inscribió en la reforma constitucional de 2008.
Sin embargo, Ecuador es vecino de frontera con Colombia.
Y en Colombia.... tenían el Plan Colombia.

El Plan Colombia fue un intento de acabar con los cultivos ilícitos -principal fuente de materia prima para el narcotráfico- en ese país, articulado con EEUU. Como parte de esa estrategia, se fumigaba a saturación con agrotóxicos desde aviones.
La fumigación llegaba a cubrir -por efecto del viento y otros- buena parte del área fronteriza de Ecuador, el país vecino.
Y los campesinos y la gente que vivía en esas áreas sufría las consecuencias, sin comerla ni beberla, como decimos en mi país, en un proceso que duró años.

El Dr. Maldonado nos contó que en esa zona los pobladores tenían una costumbre: al empezar el año, daban a los niños un cerdito a cuidar. El niño tenía que encargarse de él, alimentarlo, etc; y, al cabo del año, el cerdo se vendía y con el dinero obtenido los niños compraban los útiles necesarios para cursar el año escolar.

A raíz de intoxicaciones con agroquímicos fumigados en la frontera, Adolfo nos narró que los cerditos murieron, los niños se quedaron sin dinero para útiles y veintiún escuelas de frontera tuvieron que cerrar sus puertas por falta de asistencia...

Algunas personas, en Italia, por ejemplo, cuando supieron de esta situación, decidieron enviarle útiles a los niños. Los niños decidieron que tenían que mandarles algo a cambio, y como algunos sabian escribir pero no en italiano, decidieron devolverles dibujos de lo que pasaba.

Así, Maldonado empezó a documentar la historia del proceso de concentración de las fumigaciones tóxicas y el envenenamiento de las personas, animales y el medio ambiente en ese sector de la frontera ecuatoriana en el transcurrir del Plan Colombia: a través de los dibujos de los chicos.

La historia se la contará a ustedes el propio hermano -no puedo decir menos que esta honrosa palabra- Adolfo Maldonado, en estos tres videos cortos que le realizara la gente del Grupo de Reflexión Rural, a quienes agradezco desde ya por el uso de su material.

A mí sólo me queda continuar en la tarea de colaborar en parar eso acá, decirles a ustedes que actos de amor como éste me hacen llorar como a un sensiblero, y comunicarles la buena noticia: en Ecuador lograron DETENER LAS FUMIGACIONES del Plan Colombia en la zona fronteriza.

Vamos por más, vamos por la nuestra.... Esto es lo que se logra cuando los chicos y los adultos estamos unidos en el bien común:

Parte 1

Parte 2

Parte 3

miércoles, 30 de marzo de 2011

lunes, 7 de febrero de 2011

Con los chicos no

Otro de Sinay, este recién salidito del horno.
Caramba, qué bien escribe este hombre...

Con los chicos no
Empiezan los primeros escarceos preelectorales y ya muestran la hilacha. En los diarios, en la televisión, en cualquier lugar donde se puedan mostrar, los precandidatos comienzan a levantar bebés y chicos muy chicos en sus brazos. Y los besan, con un poco de asquito (olor a quesito, olor a caquita), los besan.
¿Habrán levantado con ese supuesto cariño a sus hijos?
¿Se preocupan por el hambre, la violencia, los abusos y otras aberraciones que sufren tantos chicos día a día, en lugares que ellos ni pisan ni pisarán?
Los chicos sirven para un roto como para un descocido. Para una foto en la que estos candidatos muestran falsas sonrisas y mucha torpeza para manipular a un bebé. Y para pedir mano dura y bajar las penas a 14, 12, 10 u 8 años según sea la conveniencia electoral y la paranoia de la sociedad (sociedad que también abandona masivamente a sus hijos).


¿Nada los detiene? ¿Y los padres de esos chicos prestados para la foto? ¿Así los cuidan? ¿Así los protegen? ¿Poniéndolos en manos de quién sea? Algunos padres se los prestan a los políticos (suponiendo que sea sólo un préstamo y no haya contraprestaciones).
Otros los llevan a castings de publicidad para que luego productores, directores y publicistas utilitaristas manipulen impunemente durante horas a esos chicos que (¡aleluya!) saldrán en la tele para gloria de quienes deberían cuidarlos pero prefieren valerse de ellos.
 
Señores precandidatos dispuestos a todo, señores padres narcisistas, por favor, un segundo de responsabilidad.
Un límite.
Tiene que haber un límite: con los chicos, no
 

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Sinay y la Involución

Lo que sigue es un breve artículo de Sergio Sinay, sobre la involución de la convivencia en la Argentina.
Lo pongo aquí porque se me ocurre significativo más allá de las fronteras de nuestro país, si bien en algún grado diferente.
Alguien dijo alguna vez que las repúblicas que se descuidaban degeneraban en democracias, y las democracias abandonadas mutaban en totalitarismos. Algo así estamos viviendo en Argentina, y, en algún grado, en el planeta, con esto del Nuevo Orden Mundial.
Por lo demás, si les gusta el tema, relean (o lean) a Fromm en El Miedo a la Libertad; lean -o miren la peli- a Orwell en "1984", a Huxley en "Un Mundo Feliz", vean las pelis "La Ola" y "El Experimento"...

¿El punto? Volver a la convivencia real, volver a establecer vínculos reales y sanos... si acaso estamos todavía a tiempo...

Involución

por Sergio Sinay
El Estado es la forma que toma el acuerdo que un grupo de individuos construye para poder en primer lugar sobrevivir y, luego, convivir en condiciones que les permitan a cada uno de ellos desarrollar sus potencialidades y al conjunto de los mismos construir una comunidad que más tarde pueda darse propósitos colectivos.
El Estado no es un invento caprichoso que tiene el fin de importunar a las personas y tampoco es propiedad de nadie en particular, sino de todos quienes adhieren a sus propósitos y a sus reglas y están dispuestos a interactuar bajo las mismas. Se trata, en fin, de una de las grandes creaciones humanas y sin el Estado la especie no hubiese sobrevivido ni habría desarrollado esa fabulosa construcción que se llama civilización. En la medida en que las comunidades evolucionan, cuidan, respetan y mejoran esa institución siempre perfectible.

La Argentina involuciona. Su Estado es siempre propiedad de quienes lo usurpan (y también se puede usurpar por vía electoral, según sabemos y sufrimos). El Estado es aquí un medio de enriquecimiento de unos pocos y, mientras éstos lucran malamente con él, una masa crítica de la sociedad busca burlar sus leyes, sacar pequeñas ventajas ratoniles, y convierte en deporte nacional la transgresión de los códigos de convivencia, la queja contra el Estado y también el afán por vivir de él o de las migas que los otros, los poderosos que lo administran, tiran.

Más allá de las formalidades y las deformaciones este parece ser hoy un país sin Estado y sin ley.
Un país de todos contra todos, un conglomerado humano darwiniano en el que sobrevivirán quienes sean más fuertes que otros y estén dispuestos a comer la carne de los débiles.

Un país de intolerantes y abusivos sin distinción de clase.
Un país sin ley y sin destino.
Si hay futuro, éste deberá empezar por aprender el abecedario de la convivencia (el mayor analfabetismo nacional) y por un acuerdo elemental de coexistencia que empiece por fundar otra vez un Estado, por darle cimientos y por respetar sus funciones e instituciones.

O nada.

Fuente: http://www.sergiosinay.com

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Oferta!: Naranjo 2 x 1

Claudio Naranjo es una persona muy interesante.
Médico, psiquiatra, transeúnte de lo gestáltico, del Eneagrama, de las conexiones con sufíes y chamanismo ancestral, de lo humano.
No agrego más: si le interesa esto, búsquelo en internet o en la biblioteca.

Dos notas, cortas, contundentes.


"El sistema educativo es un fraude"

"Hoy instruye, pero no da una formación integral", dice el psiquiatra chileno Claudio Naranjo


Para Claudio Naranjo, psiquiatra chileno especializado en antropología, la educación -al menos como se la imparte en Occidente-, es sencillamente un fraude.
Este médico de 74 años radicado en Berkeley (California), que acaba de publicar el libro Cambiar la educación para cambiar el mundo , dijo a su paso por la Argentina que el sistema educativo es esclavo de los intereses del mercado transnacional; que las escuelas son máquinas de exprimir niños; que lo que hacen es transmitir conocimientos de manera robotizada para pasar exámenes; que las universidades son un ticket para conseguir un buen empleo, y que los maestros están deprimidos y llenos de enfermedades psicosomáticas. Así de duro y de tajante.

"Los jóvenes sienten las instituciones educativas como irrelevantes para sus vidas", agregó el especialista chileno, formado en psicología de los valores en Harvard y en California, y creador del programa SAT, que define como "escuela del amor, del encuentro con uno mismo y el cultivo de la espiritualidad".
En diálogo con LA NACION, Naranjo -pianista singular y fanático de Piazzolla- comentó que, desde hace una década, está abocado a trabajar con los docentes para que tomen conciencia de que necesitan una transformación para poder cambiar el sistema. "Si logramos transformar al maestro, mejorará naturalmente la educación", comentó. 

-¿Cuál es hoy la falla más importante en el sistema educativo?
-La educación hoy es un fraude. Instruye pero no educa. No contribuye al desarrollo integral de la persona, se ocupa de cultivar la mente del niño, pero no presta atención a sus deseos y emociones. No estamos educando para la felicidad, entendida como camino para el servicio y la vida. No se busca que los chicos sean seres autónomos, conectados con sus deseos y su individualidad. La educación se ha deshumanizado; está automatizada, globalizada, y se encuentra a merced de los intereses del mercado transnacional, de una fuerza invisible y poderosa que controla el dinero. 

-¿Qué tipo de transformación necesitan los educadores?
-Los formadores precisan aprender lo que las universidades no le ofrecen: emprender un camino hondo de autoconocimiento, de sanación para convertirse en personas plenas, ancladas en su esencia; individuos con vínculos sanos. Creo haber desarrollado un método para lograrlo que hace hincapié en la meditación, el desarrollo de la atención, la quietud de la mente como vías de introspección. Mi teoría es que, si un maestro quiere enseñar a su alumno a ser libre, pacífico u honrado, él debe primero trabajar sobre sí mismo para alcanzar estas virtudes y luego transmitirlas. 

-En su libro, usted propone que la educación asuma su potencial salvífico. ¿En qué sentido puede salvarnos?
-La educación debería colaborar en desarrollar seres humanos completos, integrales y puede ser salvífica si tiene en cuenta los tres niveles de evolución de nuestro cerebro: el instintivo, el afectivo y el racional. Hoy predomina el último por el paradigma racional de nuestra cultura; buscamos con soberbia el saber. Las escuelas descuidan los aspectos instintivos relacionados con el deseo y la afectividad. 

-¿Los colegios y las universidades deben dejar de transmitir conocimientos, habilidades y competencias para formar futuros profesionales?
-No. Por supuesto: deben transmitir conocimientos y estimular el desarrollo de habilidades, pero sin descuidar la individualidad de cada alumno, sus aptitudes y deseos. Hay que educar para ser, fomentar en los chicos un camino de encuentro con su esencia. Si vivimos desconectados de nosotros mismos, siempre buscaremos llenar un vacío interior en el exterior. Ningún bien material (auto, departamento, viaje); ningún cargo o empleo, por más prestigioso y remunerado que sea, puede llenar ese vacío. Mi propuesta es ayudar al maestro y al chico a encontrarse consigo mismo, incluso animarse a sentir el vacío que todos tenemos dentro, y emprender luego un camino de búsqueda e integración. Una persona anclada en sí misma, auténtica y madura encontrará en la sociedad un buen lugar para desarrollarse profesionalmente y, lo más importante: vivirá contenta. 

Por Agustina Lanusse
Para LA NACION 

"Adaptarse a esta sociedad enferma no es un síntoma de inteligencia"

A sus 76 años, el psiquiatra chileno Claudio Naranjo es considerado como uno de los maestros contemporáneos en vida. Profesor de una docena de prestigiosas universidades de todo el mundo y doctor honoris causa por la italiana de Udine, es autor, entre otros ensayos, de Carácter y neurosis y Cambiar la educación para cambiar el mundo. También es el fundador del programa Searchers After Truth (SAT), orientado a promover el autoconocimiento y el desarrollo personal, integrando herramientas y disciplinas occidentales y orientales. Naranjo ha sido invitado recientemente por Esade para reflexionar sobre cómo impulsar una formación más humanista como respuesta a la deshumanización de las empresas y de la sociedad.
Pregunta. ¿Cómo es posible que se deshumanicen los seres humanos?
Respuesta. Cada ser humano cuenta con dos fuerzas antagónicas en su interior. Uno es el falso yo, más conocido como ego o personalidad, relacionado con la ignorancia, la inconsciencia, el egocentrismo, la insatisfacción y el miedo. El otro es el verdadero yo, nuestra verdadera esencia y que está conectado con la sabiduría, la consciencia, el bienestar y el amor incondicional. Cualquier persona que no esté en contacto con su esencia está en vías de deshumanizarse, pues poco a poco va olvidando y marginando sus verdaderos valores, lo que repercute en su forma de pensar, vivir y relacionarse con los demás.

P. ¿Cómo se sabe que una persona vive identificada con su ego?
R. Es fácil: en primer lugar, porque a pesar de hacer y tener de todo siente un vacío en su interior, como si le faltara algo esencial para vivir en paz. De tanto dolor acumulado, finalmente se desconecta de su verdadera humanidad. Desde el ego, las personas actúan movidas por el miedo y la necesidad de supervivencia física y emocional. Su objetivo es conseguir que la realidad se adapte a sus deseos, necesidades y expectativas egoístas, lo que les lleva a vivir una vida marcada por el sinsentido, el malestar y la necesidad constante de evasión y narcotización de sí mismos.
P. ¿Por qué prevalece la deshumanización de las empresas y de la sociedad?
R. Porque llevamos muchas décadas condicionando a los seres humanos con falsas creencias sobre quiénes son y cuál es su relación con el mundo. Debido a la ignorancia ha prevalecido el ego, desde el que se ha construido una sociedad competitiva, agresiva, avariciosa, superficial, insatisfecha, vacía y ambiciosa, que a su vez sigue condicionando a las nuevas generaciones para preservar el establishment.

P. ¿A qué se refiere?
R. El mundo se ha convertido en un negocio en manos de las grandes corporaciones. Debido al sistema monetario, todas las instituciones funcionan bajo un mismo principio creador: su propia supervivencia. Tanto los Gobiernos como las entidades financieras, las empresas y las instituciones religiosas, que tanta influencia tienen en la sociedad, están orientadas a optimizar sus recursos para tener el mayor lucro posible. El bienestar de la humanidad y del medio ambiente les trae sin cuidado porque no es rentable.

P. De ahí la dificultad de tener verdaderos líderes humanistas...
R. Exacto. A la maquinaria del sistema monetario sólo le interesa que las cosas sigan como están, incluyendo los 40 conflictos armados existentes hoy y que tanto dinero generan a la industria armamentística mundial. Por eso, líderes como los hermanos Kennedy, Gandhi, Luther King y tantos otros fueron asesinados. Los que tienen el poder tan sólo están interesados en continuar teniéndolo, y para eso necesitan seguir esclavizando a los pueblos por medio de la deuda y los intereses bancarios, que impiden que la humanidad salga de este círculo vicioso.

P. ¿Y cuál es su propuesta?
R. Un cambio radical en el proceso de formación humano. Ahora prevalece el condicionamiento egoico, que provoca que el hombre siga siendo un esclavo. En cambio, una educación basada en nuestra verdadera naturaleza potencia el desarrollo de nuestra conciencia, lo que nos libera de las falsas creencias acumuladas por el ego y que tanto limitan nuestra existencia. La crisis económica tan sólo pone de manifiesto nuestra crisis de conciencia. Es un indicador de que algo está funcionando muy mal.

P. Usted suele hablar de "la búsqueda de la verdad"...
R. Todos los grandes sabios de la humanidad, como Buda, Lao Tse, Jesucristo o Sócrates, han dicho lo mismo: el sentido de la vida es aprender a trascender nuestro egoísmo y egocentrismo para que podamos ver a los demás y al medio ambiente que nos rodea como parte de nosotros mismos. No existe la fragmentación, sólo la unidad: todos somos uno. Buscar la verdad implica cuestionar el condicionamiento sociocultural recibido para recuperar el contacto con nuestra verdadera naturaleza. No es ningún síntoma de inteligencia adaptarse a una sociedad como la actual, profundamente enferma. El líder que las empresas necesitan para mejorar la realidad debe ser, ante todo, un hombre consciente, libre y sabio. -
 Fuente: Diario El País

martes, 23 de noviembre de 2010

El olvidado arte de hacernos cargo

La siguiente es una conferencia de Sergio Sinay, dada en la ciudad de Rosario, Argentina, en noviembre de 2010.
Sinay es escritor y periodista, formado en psicología gestáltica, psicología transpersonal y autoasistencia psicológica. Sus últimos libros son: "La sociedad que no quiere crecer", "Conectados al vacío", "La sociedad de los hijos huérfanos", "Elogio de la responsabilidad", "Ser padres es cosa de hombres", entre otros. Es columnista del diario "La Nación".


La charla se llamó: "Elogio de la responsabilidad: cómo construir y vivir una vida trascendente".
En ella analiza el verdadero sentido de la responsabilidad, su papel en las relaciones humanas y la forma activa de incluirla y ejercerla en nuestras experiencias personales y en nuestros vínculos. Explora sus efectos en la educación, en la vida pública, en las acciones privadas y en la construcción de una vida social plena de sentido y trascendencia como valor inherente a la vida humana.

La grabación que ustedes encuentran acá la tomé personalmente y traté de pulir el sonido lo mejor que pude.
Agradezco profundamente al señor Sinay y vayan los créditos correspondientes a la Fundación OSDE que fue quien lo trajo a Rosario y auspició esta charla gatuita a la que asistimos cerca de 2000 personas -a ojo de buen cubero-.


Pueden escucharla mediante el reproductor en la página o bajársela en MP3 y escucharla en su aparato portátil.

viernes, 27 de agosto de 2010

La educación religiosa y los niños

El que sigue es un texto de Osho.
Es simple, es claro, es directo.
Y es polémico.
Como Osho, y seguramente, sin la intención de serlo.

 

Voy a distinguir sólo dos cosas, ya que presumo que este blog lo suele leer gente con buena capacidad de discernimiento, con buena cantidad de matices y no tan idólatras ni fanáticos.
Quiero decir en primer término que no considero lo mismo "espiritual" que "religioso".
Creo entender que lo "religioso" crece sobre el terreno que la natural conexión espiritual cede.
Y a veces cede sin deseo, justicia ni necesidad.
A veces nos vemos despojados de ella, por costumbre, cultura, sociabilización o flojera, simplemente.
También creo que esos tiempos van llegando a su fin, y la prueba -o el "síntoma"- son estos "nuevos niños".

Lo segundo que voy a aclarar -y a la vez enfatizando que convivo con el hecho de aceptar las creencias que cada uno quiera mantener, siempre y cuando lo haga de manera libre y sin dañarse a sí mismo ni a terceros- es que estoy convencido de que los niños tienen ya su espiritualidad real viviente, formándose pero en germen propio.
Por lo tanto, desde esa perspectiva entiendo el texto de Osho como un llamado a desarrollarla en forma natural, mediante la experiencia que es la vida.
Y una advertencia a no obturarla atiborrándola de creencias atávicas sin contacto con la "vida real", con lo que está vivo y cambiando adentro y afuera de nosotros mismos.
Sin preconceptos, sin prejuicios, sin postulados y sin anatemas.
Dicho sea de paso, menos mal que a los mayores no se les ocurre que los niños no saben respirar del mismo modo en que suelen suponer de que nada saben de lo espiritual, porque entonces la mayoría de nosotros ya estaríamos asfixiados...

Sin más que esto, y confiando en que el eventual lector sepa hacer buen uso de su libertad de pensamiento, entrego el texto de Osho:


Todos los niños son educados, condicionados, en una cierta religión.

Es uno de los crímenes más grandes en contra de la humanidad. No puede haber un crimen más grande que contaminar la mente de un niño inocente con ideas que van a convertirse en obstáculos en su descubrimiento de la vida.

Cuando quieres descubrir algo, tienes que ser totalmente imparcial. No puedes descubrir la religión siendo musulmán, o cristiano o hindú, no. Esas son maneras de impedirte que descubras la religión.
Todas las sociedades, hasta ahora, han estado intentando adoctrinar a los niños. Antes de que el niño sea capaz de hacer preguntas, se le dan respuestas. ¿Te das cuenta de que esto es una estupidez?

El niño no ha hecho la pregunta, y tú ya le estás dando una respuesta. Lo que estás haciendo en realidad es matar la posibilidad de que surja la pregunta. Has llenado su mente con la respuesta. Y si no tiene su propia pregunta, ¿cómo puede tener su propia respuesta? La búsqueda tiene que ser sinceramente suya. No puede ser prestada, no puede ser heredada.


Pero este disparate ha estado sucediendo durante siglos. El sacerdote, el político y tus padres están interesados en hacer algo de ti antes de que puedas descubrir quién eres. Tienen miedo de que si descubres quién eres, seas un rebelde, seas peligroso para los poderes establecidos. Entonces te convertirías en un individuo viviendo por derecho propio, no una vida prestada.

Tienen tanto miedo que antes de que el niño sea capaz de preguntar, de investigar, empiezan a atiborrar su mente con todo tipo de tonterías. El niño está indefenso. Naturalmente, cree en su madre y en su padre, y por supuesto cree en el sacerdote, en el que a su vez creen el padre y la madre. Todavía no ha aparecido el gran fenómeno de la duda.

Y dudar es una de las cosas más valiosas en la vida, porque a menos que dudes no puedes descubrir. “Las dudas las siembra el diablo. La duda es quizá el pecado más grande. La creencia es una virtud. Cree y encontrarás; duda y has equivocado el primer paso”. La verdad es justo lo opuesto. Cree y nunca encontrarás, y todo lo que encuentres no será otra cosa que la proyección de tu propia creencia, no será la verdad.



¿Qué tiene que ver la verdad con creer?

Duda y duda totalmente, porque la duda es un proceso de limpieza. Saca toda la basura de tu mente.

Te devuelve a la inocencia, vuelves a ser el niño que fue destruido por los padres, por los sacerdotes, por los políticos, por los pedagogos. Tienes que descubrir nuevamente a ese niño. Tienes que empezar desde ese punto.


A un niño pequeñito se le asusta con el miedo al infierno eterno, en donde te echarán vivo a las llamas, y te quemarás pero no morirás. naturalmente, la duda no parece ser tan importante como para correr un riesgo semejante. Y eres motivado a que si crees, si simplemente crees, todos los placeres, todas las alegrías de la vida serán tuyos. Cree y estás a la derecha de Dios; duda y estás del lado del diablo.

Al niño pequeño no le queda más posibilidad que aceptar toda la basura que le estás dando.


Está asustado. Le da miedo quedarse solo en mitad de la noche, en la casa, y tú le estás hablando del infierno eterno: “Te caes y te sigues cayendo en una oscuridad cada vez más profunda, y no hay un final y nunca puedes salir.” Naturalmente, el niño no se atreve a dudar, le da tanto miedo que no vale la pena. Y creer es tan sencillo. No se espera nada de ti: basta con creer en Dios, el hijo, el Espíritu Santo..., basta con creer que Jesús es el hijo de Dios, y el mesías... y que ha venido a redimir a toda la humanidad..., y que te redimirá a ti también. ¿Por qué no ser redimido si es tan fácil? No se te pide mucho. Sólo cree, y todo se pondrá a tu favor.

¿Por qué vas a escoger la duda? Naturamente, deberías escoger la fe. Y esto sucede a una edad muy temprana -después sigues creciendo, y la fe, el condicionamiento, las ideas y la filosofía se van amontonando encima-, de forma que es muy difícil escarbar y enterarte de que hubo un día en el que tú también estabas lleno de duda. Pero la duda ha sido aplastada, apartada de la vista. Hubo un día en el que te resistías a creer, pero te han convencido. Te han puesto delante todo tipo de recompensas.

Puedes convencer a un niño pequeño dándole un juguete; y le has dado todo el Paraíso.

Si has conseguido convencerle de que crea, no has hecho un gran milagro. Es una explotación muy sencilla.

Quizá lo estás haciendo sin darte cuenta; tú también has pasado a través del mismo proceso.
Y una vez que has cerrado las puertas a la duda, has cerrado las puertas a la razón, al pensamiento, a preguntar, a la búsqueda. Dejas de ser un ser humano de verdad.


Las puertas de la duda se han cerrado, eres un zombi, estás hipotizado, condicionado, convencido a base de miedo, a base de avaricia, a creer en cosas en las que ningún niño normal crería, a menos que todas estas cosas hayan sido manipuladas.

En el momento en que dejas de dudar y de pensar, te puedes creer cualquier cosa. Entonces no hay preguntas.

Un niño pequeño presentó el siguiente resumen de la catequesis del domingo:

- Estaban esos judíos que se habían escapado de un campo de prisioneros en Egipto. Corrieron y corrieron hasta que llegaron a un lago muy ancho. Los guardias de la prisión les estaban rodeando de modo que los judíos saltaron al agua y nadaron hasta algunos barcos que les estaban esperando. Los guardias se montaron en submarinos y trataron de torpedear los barcos, pero los judíos lanzaron unas cargas de profundidad y explotaron todos esos submarinos y llegaron a salvo a la otra orilla. Todo el mundo llamó al almirante por su nombre de pila, Moisés.

El padre del niño preguntó:

- ¿Estás seguro de que esto es lo que os contó vuestro profesor?

- Papá -respondió el niño-, si no te puedes creer mi historia, nunca te podrás creer la que contó el profesor.

martes, 27 de julio de 2010

Que me palpen de armas

Nada: eso, este breve texto de Oscar Martínez.
(Digamos que sí, que lo escribió él, que le creemos... aunque todos sepamos que el verdadero autor de esto es el Universo...)
Nada: eso, que se va todo al carajo y a mí me siguen pareciendo eternas estas palabras, que todavía son un luminoso faro galáctico.
Quien quiso oir, oyó.
Y a mí, que me palpen de armas...

 Que me palpen de armas

Creo en el amor como en la experiencia más maravillosa de la existencia y como generador de toda clase de alegrías. Y en el amor correspondido, como la felicidad misma. Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer. Porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone.

Cada día, entonces, todavía, es una ardua conquista, una trasgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquél mandato primario y fatal, a aquél dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se muere.


La vida, por lo tanto, no me ha endurecido, ese sea tal vez mi mayor logro. Que me palpen de armas. Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito.

No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera. Pero no me es fácil, me cuesta vivir a contratiempo, con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones.


No entiendo al mundo. Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet. Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella. Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo, en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar.

Me desazona la banalización de la vida. El pavoneo de la insensatez. El triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del “sálvese quien pueda”. La práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva. La idealización de lo superfluo. El asesinato de la inocencia. El descuido suicida de lo poco que merecería nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición.


Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso, escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio desde el cual el mundo se observa como una bolita cachuza, terminara diciéndonos: “Besen a sus hijos”. Escuchemos a esos hombres, sigámoslos, leamos a los poetas. No permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia.


La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo; al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje, mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad; siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria, mientras nos sea posible reconocer en ella nuestra mayor riqueza.


Que la muerte no nos hiera en vida, que la ferocidad no nos pueda el alma.

Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.

Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante.

Besemos a los que amamos.

Amémonos.



sábado, 3 de julio de 2010

Sapere Aude

El título de esta entrada sostuvo Immanuel Kant que era el lema de la Ilustración.
Significa, ni más ni menos, "atrévete a saber".
Y sí, hay que atreverse: en los tiempos que corren, saber es una osadía.
Nos quieren tontos, aborregados, adormecidos, fácilmente manejables y sometidos.

Cuando les digo a los chicos o adolescentes que se den cuenta de que el límite de lo que quieren saber realmente se lo ponen ellos mismos, y de que es un acto por demás riesgoso dejar la decisión de lo que uno debe conocer o ignorar en manos de otro, siempre les cito la frase que sigue a continuación.

Es de Heinrich Himmler, jefe de las SS nazis, en relación con el destino que preveían para los pueblos conquistados del este europeo no alemanes, a quienes consideraban seres inferiores.
Se las cito, porque sintéticamente deja transparentada la nefasta alianza entre gobernabilidad, pseudo-religión e ignorancia.

Himmler escribió: "Para los pobladores no alemanes del Este sólo habrá una escuela primaria de cuatro grados. Esa enseñanza elemental tendrá exclusivamente el siguiente objeto: enseñar a contar hasta 500, escribir el nombre completo, inculcar la doctrina de que hay un mandamiento divino, obedecer a los alemanes y ser honrado, trabajador y dócil. No estimo necesario que se enseñe a leer."

"Sapere Aude", entonces; atrevete a saber, y no cometas el suicidio holgazán de dejar que nadie se arrogue hasta dónde podés conocer, y hasta dónde no.

Ya se han quemado demasiados libros.

¿Terminarán quemando personas, como decía Heinrich Heine?

domingo, 23 de mayo de 2010

Yo te avisé

Porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas
que harán grandes señales y milagros para engañar,
de ser posible,
aún a los elegidos.

Mateo 24:24

Son tiempos críticos.
Qué duda cabe.
Y vieron cómo es todo: por doquier pululan estos avenidos pseudo-maestros de la Nueva Era, predicando a los cuatro vientos lo de la palabra "crisis" escrita en chino, que como ellos saben -y la TV y la radio saben, y todos sabemos, en consecuencia...- aúna en un sólo ideograma la palabra "peligro" y la palabra "oportunidad".
Bah, no sé, eso dicen... Yo chino no sé.
Seguramente todos estos gurúes new age dominan el chino a la perfección, ¿no?
Bueno, el caso es que en algo tienen razón, pero lo que me resulta chocante es esa especie de maquillaje con la que parecen decir: "Tranquilo, no pasa nada. está todo bien".... y mi percepción me hace sentir que con ellos no, no está nada bien... y a la vez todo pasa siempre, todo el tiempo....
Tiene algo ficticio esa tranquilidad que presumen de emanar.
Algo increíble.. In-creíble: no se la cree...


 Pero entonces, ¿de qué crisis hablamos, realmente?
Me fui a la Wiki, y dice esto:

"Crisis (del latín crisis, a su vez del griego κρίσις) es una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable, sujeta a evolución; especialmente, la crisis de una estructura".

Está muy bien eso...
Entonces me acordé de algo que alguna vez leí o me contaron.
Recordé que en la Grecia clásica había como dos clases de constructores o arquitectos.
Unos más simples y otros más sofisticados.
Cuando levantaban una pared o una obra, empezaban los más simples, piedra sobre piedra en el estilo convencional.
Claro, no se podía seguir así indefinidamente, el arco romano estaba todavía por ser descubierto...
Llegado un punto, la pared les amenazaba con venirse abajo de seguir de la misma forma, la única que conocían e implementaban.
Y ahí llamaban a los constructores más sofisticados: los "críticos".
Los críticos estudiaban la circunstancia, evaluaban el punto, y decidían cómo habría de seguirse la obra, si se la podía seguir, y con qué nueva técnica se haría.
Ese, precisamente ese, era "el punto crítico".
De allí viene también la palabra "criterio": el contenido de la nueva manera a continuar, el corazón motivador de la decisión saludable.


Son tiempos críticos.
Qué duda cabe.
Tal vez como nunca los haya vivido la Humanidad, al menos en este último período.
Pero entonces, ¿cuál criterio usar?
¿El de las soluciones "mágicas" de los falsos profetas, o el laborioso y honesto trabajo que nos tiene a nosotros mismos como parte del asunto?
Eso está en cada uno.
Pero un elemento de la decisión ya está dado, y fué dicho hace muchos, muchos años....
Las palabras que sirven de acápite a esta entrada las dijo Jesús el Cristo hace más de dos milenios.
Y aún siguen vigentes, como nunca...
Tuve una serie de sueños, hace algún tiempo, con lo que puesto en vocablos corrientes dí en denominar "virus hiperdimensional".
Ya saben. la realidad en esos planos es muy diferente de la nuestra ordinaria de la mente y el lenguaje.
Cuesta mucho "nombrar" elementos de esas realidades con nuestro sistema idiomático de representación.
Así que decidí "denominarlo" así: virus hiperdimensional.
En ese sueño, una especie de luminoso bebé cósmico tenía miedo o aprensión de "contagiarse" con "algo" que contaminaba un vaso.
Para aquellos que entienden de alquimia, el significado es claro: el vaso somos nosotros en nuestra parte encarnada, nuestro cuerpo, digamos.... el físico de una dimensión inferior, el "3D", como le suelen decir los índigos. El Grial, sencillamente.

"Eso", lo que contaminaba el vaso, no tenía nombre ni forma.
Pero infectaba, corrompía, era dañoso: degradaba y destruía el elemento vital, vivificante.
Eso quedaba claro en el contexto del "sueño".
En términos gnósticos, destruía el Espíritu....
Y "eso" se incluía en una dimensión menor, sub-ordinada.
"Virus hiperdimensional" le puse, entonces.


Era una advertencia, una prevención, un aviso entre amigos.
No para provocar panico, sino para no caer en la trampa.
Tal como las palabras de Cristo de Mateo 24:24.

Tiempo después, años después, encontré en internet este texto de Crisaltis-Krisaltis, de quien lo único que sé es que es un joven peruano estudiante de filosofía.
No me hace falta más que eso.
Aprendí a mirar el fondo de las palabras, la fuente de las que vienen y las habita: a algo de eso se refería Rudolf Steiner cuando hablaba de "aprehender el gesto en el lenguaje", un ejercicio necesario que tendrían que hacer las futuras generaciones humanas.

Entonces, con independencia de su autor y de su estilo, las pongo aquí, en mi blog sobre Nuevos Niños, y en una entrada llamada "Yo te avisé".
¿Por qué?
Simple: porque hablan de un "virus dimensional", años después de mi experiencia onírica.
Y por su fondo de sincera mesura, y de razonable cordura valiente.

Porque en esta nos jugamos el alma.
Y nos jugamos el alma de la Humanidad, también.
Todo bien.
Sin apuro ni urgencia, y sin miedo; pero es ésa la índole de la elección que viene.
Abrir los ojos del corazón es el trabajo del momento.
No podemos esperar que nos apoyen en esto, y tampoco podemos esperar que lo involutivo deje de boicotear nuestros intentos, o de "ponerlos a prueba".
Esa fue su decisión, así como ahora la nuestra es la nuestra.

Y para ello las palabras del Cristo son un faro.
Atenti los pibes: yo te avisé.
Ahora a seguir, despiertos y adelante, compañeros del alma, compañeros...


Va texto de Crisaltis -click aca abajo, donde dice "Más información"- con mis deseos de que elijan lo mejor para el Universo:

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